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(Expansión) – Originalmente pensé en la iniciativa de reforma constitucional al sector eléctrico que el presidente envió al Congreso como un nuevo “error de octubre”, pero no es así. Sería mucho peor. Representa un punto de quiebre. De aprobarse, la trayectoria económica del país en el mediano plazo estaría severamente comprometida. Pero conceptualmente hablando, el daño también seria notable. Keynes dijo alguna vez que incluso el más práctico de nosotros es “esclavo de las ideas de un economista muerto”.

La llamada cuarta transformación parece más bien ser esclava de ideas muertas. La reforma consignaría en el texto constitucional, en nuestro plan de nación pues, varias de esas son falacias. Primero, la obsesión con centralizarlo todo, de tener absoluto control, aunque no se esté preparado para ello. A diferencia del caso del aeropuerto de Texcoco, la reforma eléctrica no solo involucra un proyecto, sino a la totalidad de las reglas de operación en un sector clave por su transversalidad. Por esa razón el cambio ha procedido de forma cautelosa, a lo largo de casi tres décadas. Modificar de tajo esa tendencia a favor de una recentralización en torno a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) refleja las preferencias ideológicas del presidente. Así ocurrió con el desmantelamiento del Seguro Popular y la creación del INSABI, con los resultados que todos conocemos. Segundo, la iniciativa muestra otra de las preferencias presidenciales: redefinir los linderos entre lo público y lo privado a favor del primero. En este caso, el grado de avance es incluso mayor al del aeropuerto y por ello el manotazo que dicha reforma involucra llevaría a innumerables demandas, disputas estado-inversionistas, tanto en el T-MEC como en nuestro tratado con la Unión Europea. Sería la puntilla para la inversión privada y nuestro adiós a una transición energética que urge. Tercero, la recurrencia constante al concepto de soberanía y el corolario de que es necesario tener campeones nacionales para garantizarla. Hasta ahora, nadie dentro de la llamada cuarta transformación me ha ofrecido una definición clara de lo que entienden por soberanía. Puede haber, por ejemplo, argumentos geoestratégicos legítimos quizá o al menos debatibles. Sin embargo, si nos guiamos por lo que a veces parece sugerir el presidente – soberanía implica no depender de nadie – el referente son los argumentos de auto-dependencia, tan populares entre los autores norcoreanos de los 70s. De nuevo, no es el mejor ejemplo.

Sobre los campeones nacionales, es irónico que el argumento de defender a la CFE involucre a dos tabasqueños que hace unos meses acordaron la condonación del adeudo de su estado con la empresa. En cualquier caso, integrar verticalmente las funciones de generación, transmisión y distribución de energía eléctrica genera una “caja negra” en donde es difícil saber que segmento de la cadena es eficiente y cual no, sobre todo si cada uno de ellos enfrenta menor competencia. Argumentar que para hacer de CFE una empresa fuerte es necesario protegerla de la competencia es un sinsentido. Bastiat ironizaba sobre los fabricantes de velas quejándose de la competencia desleal del Sol. Sustituya, amigo lector, a los primeros por las plantas generadoras que operan con combustóleo y el ensayo del autor francés se vuelve tristemente relevante para el México del siglo XXI. Termino con una nota positiva. A diferencia del aeropuerto, la aprobación de esta reforma depende del Congreso y no de la voluntad de un solo hombre. También es saludable que se defina de una vez por todas para donde queremos ir. Ese es a veces el propósito de los puntos de quiebre. Nota del editor: Sergio Luna estudió Economía en la UNAM y la Universidad de Londres. Fue economista en el Banco Nacional de México durante 33 años y continúa en dicha profesión, ahora de manera independiente. Síguelo en Twitter y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

Por admin

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