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(Expansión) – Terminaron las campañas de las elecciones concurrentes federales y locales. Es oportuna una reflexión de lo que está en juego en la jornada electoral de este domingo 6 de junio, más allá de celebrarse las elecciones legislativas intermedias y la renovación de prácticamente la mitad de las gubernaturas del país. Con excepción de la presidencia de la República y el Senado, se realizará la mayor renovación de personal político de los poderes legislativos y ejecutivos de nuestro sistema federal en la historia. Y no solo ello: también —o principalmente, podría decirse— está a prueba el perfil de nuestro régimen político, lo que podría tener un impacto decisivo no sólo en lo inmediato, sino para futuras generaciones.

Contexto y consecuencias más allá de los resultados

Hay algunas desafortunadas realidades que ocurren con mayor frecuencia en las elecciones en el mundo en cuanto al tipo de ofertas a los electores. Si la ciudadanía tiene suerte, puede escoger entre un populismo (ya sea “de derechas” o “de izquierdas”), por un lado, y un polo demócrata liberal, por el otro (socialdemócrata, conservador moderado o una alianza entre ambos); o bien, en el peor de los casos, tiene que decidir entre dos opciones populistas (ahí están como ejemplos insignia la última segunda vuelta presidencial en Brasil y la que habrá de celebrarse este mismo domingo en Perú). Ante ese panorama hay que sumar el creciente desprestigio de los partidos como instrumentos eficaces de representación política. El surgimiento de la gran ola populista se explica fundamentalmente a partir de ese desprestigio. Pero, ¿qué caracteriza a las corrientes populistas del siglo XXI y qué explica su éxito? No tienen desperdicio los criterios que utiliza el muy famoso artículo de la prestigiosa revista The Economist , recientemente publicado (27 de mayo), para categorizar a los líderes populistas contemporáneos: 1) Asume que representa la “voluntad del pueblo”, y por lo tanto quien se le opone, se opone al pueblo mismo; 2) Insulta a sus oponentes de manera frecuente, ostentosa y particularmente ácida, polarizando y dividiendo cada vez más a la opinión pública; 3) Socava las instituciones (por ejemplo, las manda “al diablo”); 4) No le importa el Estado de Derecho, e incluso incurre en violaciones legales sin empacho alguno; 5) Ignora o va en contra de la ciencia y el conocimiento “de los expertos”; y 6) Expresa un discurso de odio contra minorías étnicas o religiosas. No necesariamente todos reúnen todas y cada una de esas características, pero sin duda dibujan un patrón que todos podemos identificar con los nombres de varios presidentes o primeros ministros actuales o recientes en una multiplicidad de países.

Las claves de la elección

Criterios similares utilizan Levitsky y Ziblatt en su éxito editorial Cómo mueren las democracias (Ariel, Barcelona, 2018): 1) rechazo o débil aceptación de las reglas democráticas del juego (como quien solo reconoce los resultados electorales cuando gana y los desconoce siempre que pierde); 2) negación de la legitimidad política de los adversarios (todos, salvo él, son corruptos, o subversivos, o delincuentes, o aliados de gobiernos extranjeros); 3) tolerancia o fomento de la violencia (desde la alianza con bandas armadas o paramilitares hasta la excesiva tolerancia hacia el crimen organizado, pasando por la no condena a actos violentos o ilegales realizados por sus partidarios); y 4) predisposición a restringir las libertades y los derechos de la oposición, incluidos los medios de comunicación. Lo central de la elección es el impacto de las opciones a elegir. Si bien hay 10 partidos políticos nacionales, las alternativas para el voto válido se reducen a votar por la coalición del partido en el gobierno y sus aliados legislativos (Morena+Verde+PT), o bien por la coalición opositora de los partidos que protagonizaron la transición a la democracia en México (PAN-PRI-PRD), o bien por un partido que se define de oposición pero que decidió ir sin alianzas (Movimiento Ciudadano). Por último, los partidos de reciente creación, que por ley deben competir solos, pero que, en caso de mantener el registro, hay una idea clara de que probablemente podrían canalizar su inclinación política hacia el bloque oficialista). También hay algunas candidaturas independientes y partidos locales en diversas entidades federativas. Por obvias y evidentes razones a la vista de cualquier observador de la política nacional, el interés está concentrado en los resultados que puedan obtener las dos grandes coaliciones. De ahí se deriva que lo que está en las manos de los electores este 6 de junio, ante la coyuntura política actual, es de la mayor importancia: la decisión sobre seguir avanzando en un proyecto de visión única de país, o bien o dar cabida a la pluralidad política, a los contrapesos y controles institucionales y a la rendición de cuentas en las responsabilidades públicas. Nota del editor: Horacio Vives Segl es licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Belgrano (Argentina). Síguelo en Twitter . Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

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