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(Expansión) – Es innegable que la educación contribuye al crecimiento económico de las naciones. Los profesionistas bien preparados aumentan la productividad laboral, lo que se traduce en mayores niveles de producto interno bruto (PIB). Un informe del Banco Mundial así lo demuestra, al calcular que tan solo un año adicional de escolarización puede aumentar los ingresos anuales en un 10%, mientras que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) manifiesta que: “invertir en educación es la forma más rentable de impulsar el desarrollo económico, así como de mejorar las capacidades y oportunidades para hombres y mujeres jóvenes”. Las instituciones de enseñanza reconocen tanto la necesidad de la educación como de procedimientos disruptivos para brindarla. La innovación y la apuesta por la transformación en la educación es tan solo el punto de partida para el rediseño de los modelos de enseñanza-aprendizaje, conforme a lo que las nuevas generaciones de estudiantes demandan.

A lo largo de la historia, variedad de universidades se han esforzado por crear programas de becas y promover el intercambio académico, para que la educación de alta calidad llegue a todos los estratos de la sociedad. A nivel internacional podemos mencionar el Fulbright Foreign Student Program, en el que cada año cerca de 4,000 estudiantes de más de 160 países tienen la oportunidad de estudiar en Estados Unidos. En México, la iniciativa Líderes del Mañana otorga becas a jóvenes brillantes que no cuentan con recursos económicos para estudiar en el Tecnológico de Monterrey, con lo que adquieren la posibilidad de escalar del decil 3 al 9 en los niveles de distribución salarial, a su salida de la institución. Es así como la innovación y la inversión, van de la mano de la educación, así como de la confianza en el potencial de los jóvenes y la capacidad para apoyarlos a desarrollar y aprovechar sus habilidades, en beneficio de la sociedad. El entorno globalizado en que vivimos actualmente impulsa a los profesores a crear y experimentar con nuevos métodos de enseñanza-aprendizaje, a enseñar nuevas habilidades más allá de lo académico y a utilizar tecnologías de vanguardia para transmitir el conocimiento, sobre todo frente a los desafíos que enfrentamos durante la pandemia por COVID-19. La situación sanitaria puso a prueba a las instituciones educativas, a los académicos y a los propios estudiantes, invitándolos a replantearse nuevas formas de enseñar y de aprender. La tecnología cobró terreno y sigue abriéndose paso, aún ante el crecimiento de una de por sí ya marcada desigualdad digital. La inversión que debemos hacer se centra entonces en el conocimiento, la alimentación del propio y la difusión del compartido, en “salirnos de la caja” y expandir nuestras fronteras tanto territoriales como de pensamiento; se trata de sacar el mayor provecho a las herramientas disponibles y socializar su aplicación en tanto sea posible. Nota del editor: José Escamilla es ingeniero en Sistemas Computacionales por el Tecnológico de Monterrey y cuenta con maestría y doctorado en Inteligencia Artificial por el Instituto Politécnico de Grenoble. Ha trabajado en el uso de tecnologías en educación, inteligencia artificial, educación online y diferentes proyectos de innovación educativa. Fue decano de la Escuela de Graduados en Educación, director de Innovación Educativa y de TecLabs en el Tec de Monterrey. Actualmente es director asociado del Instituto para el Futuro de la Educación. Síguelo en LinkedIn. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

Por admin

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