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(Expansión) – Si la especie humana ha podido, a lo largo de la historia, superar adversidades tales como hambrunas, desastres naturales, pestes y crisis económicas, ha sido por su capacidad para sumar esfuerzos individuales y transformarlos en un cuerpo colectivo que trabaje de manera organizada en torno a combatir los obstáculos o dificultades en cuestión. Destacados científicos y académicos aseguran que los seres humanos evolucionamos para consolidarnos como los mamíferos más poderosos de la Tierra, no tanto por ser la especie más fuerte ni la más ágil -claramente hay animales que nos superan en estos aspectos-, sino por contar con la habilidad de colaborar de modo flexible entre pares para conseguir objetivos comunes.

Es verdad que insectos y aves también cooperan con distintos fines, pero solo las personas utilizamos la organización para transformar la realidad, de la mano de las ideas, la innovación y el diálogo; el grado de complejidad que alcanzamos los seres humanos al generar acuerdos y trabajar conjuntamente es lo que nos permite construir sociedades con estructuras de normas definidas e instituciones funcionales. Más allá del proceso evolutivo que ha tomado varios millones de años, lo cierto es que los avances tecnológicos y el crecimiento económico sólo pueden entenderse por medio de la cooperación entre individuos, en el marco de un sistema que procura -idealmente- que la ciencia y la prosperidad se traduzcan en bienestar para todos. Por eso se dice que el sistema democrático de gobierno es preferible a otros -como las dictaduras, por ejemplo-: tomar en cuenta las necesidades y opiniones de todos los sectores sociales abre la oportunidad para la creación de una agenda amplia e incluyente. Cuando hay entendimiento entre las personas, la colaboración se torna factible; cuando existe cooperación en una comunidad, el progreso es viable. Al hablar de colaborar, suele venir a nuestra mente la imagen del esfuerzo coordinado de miles de personas generosas que donan víveres para repartir a damnificados ante el azote de una catástrofe natural; o bien, podríamos pensar en una nutrida marcha activista para exigir pacíficamente el respeto a los derechos humanos. Sin duda, las anteriores son muestras plausibles de organización colectiva, pero la vida cotidiana también está repleta, aunque de manera más sutil, de miles de ejemplos de trabajo colaborativo. No debemos pasar por alto que la dinámica de cooperación conformada por redes de distribución nos da acceso todos los días a supermercados y tiendas con numerosa variedad de productos para nuestra familia; la organización humana también es responsable de que, en la actualidad, disfrutemos de inventos revolucionarios como la internet, las computadoras, y los teléfonos inteligentes.

El hecho de que hayamos dispuesto en tiempo récord de vacunas efectivas para combatir la pandemia del coronavirus, lo debemos a una labor de cooperación sin precedentes en la que participaron científicos y empresas de todas las regiones del mundo. En definitiva, algo verdaderamente inspirador. Empero, la colaboración entre personas que transforma realidades, no necesariamente debe ocurrir en universidades o laboratorios ni se limita a movilizaciones masivas o proyectos revolucionarios: ahí donde vecinas y vecinos colaboran para generar conciencia y mantener limpios los espacios públicos, hay organización; ahí donde familias de la colonia se ponen de acuerdo para comunicar una petición a la autoridad, hay participación ciudadana; ahí donde se denuncia a quien actúa con violencia o comete algún delito, existe conciencia cívica. Cuando hay voluntad, la colaboración no tiene límites. Si revalorizamos el poder de la cooperación, con certeza, seremos capaces de construir un nuevo y mejor panorama de cara al futuro. La colaboración otorga elementos para superar las crisis, pero también permite crear oportunidades en tiempos de calma. La conciencia social es indispensable para comprender que la solidaridad y el trabajo en equipo serán claves para dar respuesta a asignaturas pendientes y establecer una sinergia de progreso y bienestar compartido. Los esfuerzos aislados son dignos de reconocimiento, pero los esfuerzos colectivos suelen dejar una huella profunda. Nota del editor: José Guillermo Fournier Ramos es docente en la Universidad Anáhuac Mayab. Vicepresidente de Masters A.C., asociación civil promotora de la comunicación efectiva y el liderazgo social. También es asesor en comunicación e imagen, analista y doctorando en Gobierno. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

Por admin

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