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(Expansión) – El escenario global para las inversiones cambio drásticamente en unos cuantos meses -aunque esto, sin menoscabo las tendencias previas que al final desembocaron en la corriente que hoy arrastra a la economía y los mercados-. El evento del COVID-19 es el más obvio de todos, trayendo consigo un rosario de efectos que aún persisten, el rompimiento de las cadenas de suministro como el más dañino. Y luego vino la guerra en Ucrania, con su propia cuenta de dolencias y dejando una pasta bicolor que no se había visto nunca en la historia moderna.

Entonces, ¿cómo invierte uno en un escenario como éste? Pues para responder, debemos primero aislar los efectos más importantes que determinan los temores y la imaginación de los mercados financieros, capturar los “plays” que hay subyacentes en cada uno de ellos y finalmente, condensar los más frecuentes entre todos. La economía y las finanzas mundiales parecen montar sobre una fiera de cuatro astas, y en orden de daño potencial y probabilidad de ocurrencia, y son: 1) Una inflación elevada y persistente; 2) un aumento de tasas de corto plazo con una curva que se desplaza hacia arriba en todos sus puntos; 3) una guerra rusa cuyos efectos en el comercio mundial se reproducen en nuevos bucles y por último, 4) un ciclo económico que se acorta por un arranque enérgico y una inercia precoz. Atacando una por una, para decantar posteriormente, son las estrategias y los “plays” que acompañan a cada punta, según los registros de mercado de los últimos 50 años: En altas inflaciones ganan los bienes físicos, como los bienes raíces. Es natural también que estas épocas (las guerras de WWII y la de Corea, la crisis del oro en los 70’s, la del petróleo en ‘79, la de Irán, los 80’s de Reagan, la entrada de China al mercado y la crisis 2008) ganen los materiales como metales, granos, energía y las industrias de bienes básicos, pues las familias se vuelcan hacia lo que se lleva más de su ingreso, como vivienda, comida y trasporte. Como es de esperar que las cadenas de suministro sigan obstruidas por seis trimestres más, y que Beijing mantenga cerrada su economía por el virus por al menos el resto del 2022, estas fuerzas estarán en boga hasta bien entrado el verano de 2023. El segundo régimen es el de tasas altas de interés, aunque en esta ocasión, dado que venimos de niveles tan bajos, este será más bien un tiempo de aumentos drásticos de tasas más que de tasas altas (se espera que las tasas Fed lleguen a 3% en marzo 2023). Durante estos tiempos, lo que ha ganado en el pasado son los bonos a tasa revisable, las acciones que dan alto dividendo, el sector financiero (por la mejora de márgenes) y los bienes raíces. La demanda por servicios podría mejorar, pues no es tan afectada por el financiamiento (que será más caro ahora) toda vez que la población toma de nuevo hacia los viajes, los restaurantes y los eventos al ir dejando atrás el encierro. La tercera asta es un régimen de guerra, que sobre todo en las zonas de atacante y atacado -pero con repercusiones para la economía de todo el mundo-, presentará suspensiones de oferta de bienes básicos y mayor demanda de armamento, bienes de la industria de la salud, plásticos, textiles, energéticos, trasporte, metales, etc. El petróleo y el gas en particular, a la luz de la estrategia tomada por la mayoría de los operadores -esto es, la de pagar los dividendos de las ganancias a los accionistas que habían perdido por cinco años, en vez de invertir en nueva infraestructura de producción-, seguirán presionando a la inflación hasta finales del 2023. Por último, el régimen de recesión -o antesala de una- trae consigo un replanteamiento de la asignación de activos por gran clase (de equity a bonos y de private equity a commodities) por geografía (fuera de Europa y Asia, por la guerra; fuera de Estados Unidos por su cercanía a recesión y hacia los países emergentes, en especial Latam, por su oferta de alimentos, metales y energía) y por sectores (fuera de las industrias más cíclicas como consumo discrecional, tecnología, comunicaciones y la industria pesada y mayor énfasis hacia consumo básico, financieras, salud, energía y materiales o bien, las que son llamadas “value”).

Si el mercado financiero global se divide en muchos sub-mercados -unos más influyentes que otros- entonces los más prominentes han estado mandando señales de temor y cautela: el mayor de todos es el mercado de bonos de gobierno, en el que se puede leer en la curva de rendimientos ordenada por plazos que una recesión vendrá dentro de los próximos 28 meses. Los bonos corporativos (cuyos defaults son aún bajos, así como sus spreads) no lo confirman aún. Las bolsas de todo el mundo, no obstante, sí han mostrado una volatilidad muy alta, confirmando al menos, los temores de la guerra, de la economía China y sobre todo, del aumento de tasas de la Fed. Los compradores industriales (en el índice conocido como PMI) también acusan una sonora caída desde el verano de 2021, confirmando una patente desaceleración mundial. Este es un tiempo para estar atentos a los cambios de señal, tener efectivo para comprar cuando todo se abarate y para protegerse de graves rasguños del mercado. Nota del editor: Jorge Arturo Martínez González, CFA, PhD es Director del Centro de Innovación Financiera en EGADE Business School, Académico en New York Institute of Finance NYIF, Consejero Independiente y CEO de Castor & Polux firma de Consultoría en Economía, M&A, Riesgos y Finanzas Corporativas. Síguelo en LinkedIn y/o escríbele a jorge@castorypolux.com Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

Por admin

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