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(Expansión) – No hubo un apocalipsis ni una fatalidad producida después de la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, pero la iniciativa fue suficiente para sacudir los cimientos de la paz y la seguridad internacional. No sólo se escaló en un mayor enfrentamiento entre Estados Unidos y China, las dos superpotencias económicas con capacidad nuclear, sino se desencadenó una crisis regional que ha puesto a temblar a Taiwán, a Japón -la tercera economía del mundo y un aliado político e incondicional de Washington- y a todo el conjunto de islas disputadas alrededor del mar de China meridional, incluyendo a Filipinas, al tiempo de ahondar en la profunda división que caracteriza la geopolítica actual: el duelo entre las democracias y las autocracias.

Las implicaciones del viaje de la presidenta de la Cámara de Representantes de la Unión Americana se venían venir. Beijing fracasó en su intento de disuasión y ahora humillada en un año clave para la política interna del gigante asiático cuando Xi Jinping busca coronar su tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista está obligado a actuar y a exhibir su músculo militar para disuadir mayores provocaciones en caso de que algún otro líder mundial coqueteé con la idea de visitar Taiwán, un gesto que sería considerado como apoyo tácito a la independencia de la isla. De momento, sólo el primer ministro de San Vicente y las Granadinas ha visitado la isla, uno de los 14 países con los que Taipéi mantiene relaciones diplomáticas. A futuro se espera la visita pospuesta desde principios de año del Comité de Exteriores de la Cámara de los Comunes de Reino Unido. Si bien el statu quo no cambió con la visita, los movimientos beligerantes de China sí perturban la dinámica natural de la región y los parámetros de seguridad nacional y de defensa colectiva. Los ejercicios militares a fuego real de China, los más grandes en décadas y cuyos barcos de guerra cruzaron la línea media en el estrecho de Taiwán, aunado a los misiles chinos aterrizados por primera vez en la considerada zona económica exclusiva de Japón -un mensaje contra las fuerzas estadounidenses estacionadas allí- y el congelamiento de la cooperación medioambiental, laboral y militar entre Washington y Beijing, es el saldo inicial de una crisis que apenas escala. Estos acontecimientos también echaron a perder los esfuerzos diplomáticos del gobierno de Joe Biden de evitar a toda costa que el gigante asiático refuerce su alianza con Moscú en momentos de la guerra entre Rusia y Ucrania, pues Vladimir Putin resulta ganador en esta coyuntura. A Beijing no le quedaba de otra más que aprovechar este momentum para acreditar una especie de sondeo y/o tanteo de cómo rodear e invadir militarmente la isla, pese a que el Comité Central del Partido desea unificar a Taiwán a través de la vía pacífica sin descartar el uso de la fuerza. La visita de 24 horas de la legisladora estadounidense a Taiwán dejó en claro que “Estados Unidos no abandonará la isla”, pese a que la política de una sola China le impide establecer relaciones diplomáticas con Taipéi. ¿Nos acerca esto más a la conexión Ucrania-Taiwán, considerando que a Beijing le conviene invadir la isla antes de que Estados Unidos la rearme hasta los dientes, aunque eso signifique una tercera Guerra Mundial? No olvidemos las reacciones del senador Mitch McConnell, el líder de la minoría republicana que junto con otros 25 legisladores aplaudieron la provocación de Nancy Pelosi, haciendo caso omiso de los dictados geopolíticos y de prestar oídos sordos a las advertencias de la Casa Blanca y el Secretario de Defensa.

En estos momentos y considerada la terca realidad geopolítica, ni Estados Unidos ni China se pueden dar el lujo de abrir un fuego enemigo, pero el secreto reside en el acto de comunicar: visibilizar que ambos tienen la voluntad política de utilizar la fuerza militar y exhibir que están dispuestos a pagar el importe de emplearla. Todo esto sucede en medio de los enredos que entrevé el juego de las percepciones y los mensajes de autoafirmación del poder en la versión militar, económica, tecnológica y discursiva. No olvidemos que Taiwán es el principal fabricante de semiconductores del mundo, aquellos chips utilizados en la industria tecnológica, militar y electrónica que lo hacen un botín apetitoso en momentos de descalabro mundial. Bloqueos, sanciones y represalias de China a Taiwán, bravatas hacia Japón, protestas diplomáticas, divergencias en organismos regionales y ciberataques forman parte del preludio de lo que puede venir. ¿Qué tanto contribuyó el viaje de Pelosi a Taiwán para que China perciba el hilo fino de considerar a Estados Unidos adversario o enemigo? Nota del editor: Rina Mussali es analista internacional y académica del ITAM. Síguela en Twitter , Facebook y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

Por admin

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