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(Expansión) – Cuando pregunto a familiares y amigos que votaron por AMLO y se arrepintieron, el por qué, invariablemente comentan que coincidían con él en lo fundamental, pero creían que no haría lo mucho que no les gustaba. Pensaban que una cosa era ganar una elección y otra gobernar un país tan complejo y con tantos problemas. La realidad y la responsabilidad se impondrían. Coincidían con sus dos grandes causas: primero los pobres y barrer la corrupción, aunque no quedaba claro cómo. Era momento de probar algo nuevo, ante el hartazgo de la política de siempre. Esperaban que, una vez en el cargo, las ocurrencias y las contradicciones, los anacronismos, el simplismo y la demagogia, quedarían atrás, como exageraciones y beligerancia propias de la competencia electoral.

Con la legitimidad de las causas y los votos iríamos a una nueva fase y a la trasmutación de un líder señalado de populista a presidente de todos . Sin embargo, en general, ha sido tal como se presentaba y ha hecho o tratado de hacer lo que ofreció. No hubo incongruencia en ese sentido y fue a prisa y radicalmente. Antes de asumir oficialmente el cargo ya había cancelado las obras del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Los primeros arrepentidos se dieron cuenta que iba en serio hasta con lo más absurdo: para dejar claro quién estaba al mando y su voluntad de cumplir con lo comprometido, no lo disuadieron ni las pérdidas exorbitantes ni el pésimo mensaje a la inversión, que marcaría prematuramente el destino económico del sexenio. Anticipó el fracaso en la promesa de crecimiento económico anual al 4% o más con el que trascenderíamos el “mediocre” 2% de “los tiempos del neoliberalismo”. Con el remache de la tragedia del COVID-19 difícilmente llegaremos a la mitad de eso. México es hoy una economía más pobre y con más pobres en gran parte por la caída de la inversión privada acentuada desde entonces. Y la causa evidente es la incertidumbre jurídica y política que se ha extendido hasta la contrarreforma eléctrica, con el hostigamiento a empresas de sectores como energía, minería y farmacéutico y a la iniciativa privada en general. La gota que derramó el vaso fue una austeridad que rayó en la ortodoxia neoliberal en el peor momento de la pandemia y la recesión, cuando millones se quedaban sin trabajo o negocio, pero sin bajar el dispendio en obras que no eran necesarias. Pero las prometió y piensa cumplirlas, y si para ello hay que entregarlas al Ejército y declararlas de seguridad nacional, incluyendo un tren turístico, va adelante. Se coincidía con AMLO en la necesidad de separar al poder político del económico; no en irse al extremo opuesto de contaminar con exceso de politización a la economía. Pero no hubo engaño en las intenciones. La congruencia, aunque costosa, por delante: por eso tampoco debería extrañarnos la fe que mantienen sus seguidores. Aunque el que un gobierno sea popular no es sinónimo de que su país vaya bien. Lo mismo que con la arenga de “al diablo sus instituciones”, a donde ha mandado a varias, al por mayor: Inadem, Zonas Económicas Especiales, ProMéxico, Consejo de Promoción Turística, Instituto de Evaluación Educativa, Seguro Popular… Otras han quedado cuestionadas en su confiabilidad, como los órganos regulatorios del sector energético, colonizados, según se presumió, con criterios de lealtad ciega y “99% honestidad, 1% capacidad”. Mientras, los organismos autónomos han estado bajo acecho presupuestario o descalificatorio constante o intermitente: INE, IFT, Cofeco, Banco de México, Poder Judicial. Tenemos ya una Fiscalía General de la República autónoma en papel, pero parece más ocupada en la política que en reducir la impunidad, que sigue como siempre, al igual que la violencia criminal. Incluso las Fuerzas Armadas han sido objeto de manipulación. Finalmente, lamentablemente tampoco falta congruencia entre lo ofrecido y el legado más preocupante hasta ahora: no sólo se sostuvo el discurso maniqueo y de polarización social, sino que fue convertido en eje de gobierno con los altavoces del Estado.

México, desde luego, distaba de ser un paraíso. Estaba marcado por divergencias, injusticias y desigualdades dramáticas y una potente acumulación de frustraciones, como sigue. Todo eso salió a flote en el 2018 y en lo que hemos visto. Es coherente con la legitimidad democrática de los populismos, aunque también con los riesgos de lo que suelen hacer cuando llegan al poder, sean de izquierda o derecha. Como lo ha descrito la politóloga italiana Nadia Urbinati, que ha estudiado a fondo el fenómeno: campaña permanente, narrativa más que gobierno, la descalificación de los otros como consigna y aun razón de ser. La cuestión es que vivimos en la misma casa. Suponiendo que 60% de los mexicanos cree en nuestro presidente contra 40% que no, como apuntan encuestas, unos y otros seguiremos aquí y somos demasiados. Más allá de las preferencias partidistas, queremos seguridad pública, más inversión y crecimiento que genere empleos, oportunidades, ingresos fiscales para asegurar servicios de salud y educación para los más necesitados. A todos conviene el cuidado medioambiental y consolidar el Estado de derecho. Divididos, con este u otro gobierno, no vamos a lograr nada de eso. Al contrario, salvo un puñado de políticos y pescadores de río revuelto, todos perdemos. Hay mucho que hacer en los próximos tres años. Cada quien debe desarrollarse más allá de la política, pero también, como ciudadanos, poner nuestro grano de arena para evitar que ésta sea vehículo de destrucción y división. México tiene una sociedad civil fuerte, talento de sobra, alternativas para salir adelante, oportunidades de inversión sensacionales. Las crisis pueden dar paso a la reconciliación y una madurez. Comencemos por impedir que la polarización devenga en odios: tolerancia y verdad como piso común, los intereses comunes por encima de las obsesiones de algunos o de uno. Otro tipo de congruencia. Nota del editor: Rodrigo Villar es un emprendedor social y Socio Fundador de New Ventures, donde busca transformar la manera tradicional de hacer negocios y crear un nuevo modelo empresarial que perciba el impacto como status quo. Cuenta con un MBA del Royal Melbourne Institute of Technology y estudió la carrera de Contabilidad y Administración Financiera por el Tecnológico de Monterrey. Síguelo en Twitter y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

]]> Fuente: Expansión

Por admin

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